VALLE DE SANTIAGO, GTO. — Han pasado 34 años desde aquella madrugada del 19 de septiembre de 1991, cuando una explosión de un ducto de Pemex marcó para siempre la memoria colectiva de los Vallenses. El estruendo, las llamas y el desconcierto transformaron la tranquilidad nocturna en una escena de caos y pánico que aún se recuerda con temor y tristeza.
🕒 Una madrugada que parecía el fin del mundo
Eran cerca de las tres de la mañana cuando el cielo sobre Valle de Santiago se tornó rojo. Un ducto de 20 pulgadas que transportaba hidrocarburos desde la refinería de Salamanca hacia Lázaro Cárdenas, Michoacán, estalló a la altura del predio conocido como La Conchita. Las llamaradas alcanzaron hasta 30 metros de altura y podían verse desde varios kilómetros a la redonda.
El estruendo fue tan potente que muchos lo compararon con el rugido de un avión volando a baja altura o incluso con la erupción de uno de los volcanes de las luminarias. La gente, en bata, en pijama, algunos incluso desnudos, salieron corriendo con lo que tenían a la mano. En carretillas llevaban a sus ancianos, tratando de escapar de lo que creían era el fin del mundo.
🚨 Desinformación y miedo colectivo
La confusión reinaba. Sin saber qué ocurría, cientos de personas huyeron hacia Salamanca, sin imaginar que esa ciudad también representaba un riesgo por su cercanía a la refinería. El miedo era absoluto. Nadie sabía si se trataba de una erupción volcánica, un ataque o una catástrofe industrial.
Las autoridades tardaron en confirmar lo sucedido. Lo más cercano a una explicación oficial fue que el ducto había explotado debido a una presunta manipulación ilegal. Se sospechó que personas intentaban extraer combustible —lo que hoy se conoce como huachicoleo— sin saber que en ese momento el ducto no transportaba gasolina, sino gas. El resultado fue una explosión devastadora.
🌫️ El recuerdo que no se apaga
A pesar del paso del tiempo, el 19 de septiembre de 1991 sigue siendo una fecha imborrable para los habitantes de Valle de Santiago. Muchos aún recuerdan el sonido, el fuego, el cielo iluminado como si fuera de día, y el miedo que los hizo correr sin rumbo.
Este episodio no solo dejó una huella emocional profunda, sino que también evidenció la vulnerabilidad de las comunidades ante la infraestructura energética y la falta de protocolos de emergencia en aquel entonces.

